La Avenida Roosevelt, entre las calles 103 y 82, es tal vez uno de los sectores más hispanos de Nueva York. Se localiza entre los barrios Jackson Heights y Corona, y se ve en toda plenitud en “María llena eres de gracia”. Estas 25 cuadras son apenas un pequeño trozo de una vía que empieza en la calle 48 y termina en la 156. La conocí un domingo, hace 7 años, al día siguiente de mi llegada al Kennedy. Desde el primer momento tuve la sensación de que estaba en Medellín, en el Guayaquil de mi infancia, al lado de mi padre.
Es una vía alegre, vibrante, populosa y ruidosa, con negocios de todo tipo, vendedores ambulantes, olor a fritanga, carros tratando de conquistar el derecho a pasar, y toda clase de personas disputando ese mismo derecho. Al frente de muchos de los negocios hay una persona que “grita” las bondades del producto que quiere vender, pregona las ofertas, y reparte las tarjetas o la propaganda, casi obligándote a recibirla.
Se vende y ofrece de todo: ropa nueva y usada, electrodomésticos, cacharros de todo tipo, mercancía de marca y de cargazón, bluyines, brasieres y zapatos hechos en “Medellín” y a veces con la etiqueta “Made in China”, al lado de bluyines, brasieres y zapatos de los grandes diseñadores del mundo con la misma etiqueta: “Made in China”.
Los sitios donde te leen el futuro y te venden ilusiones son abundantes: hay dos tiendas del Indio Amazónico, una de “los verdaderos Indios Colorados”, y casi una docena de casas de hechiceros y adivinos que aseguran ser capaces de descubrir “todos los secretos” y “curar todos los males”, del cuerpo y del alma, desde la impotencia y el cáncer, hasta el desamor y el despecho por sólo 10 o 15 dólares.
La Roosevelt también funciona como agencia de empleo, de arrendamiento, de compraventa y empeño. Aquí no se cumple la ley municipal que prohíbe pegar anuncios en los postes de luz: una hoja hecha a mano o en computador anuncia desde “empleos interna”, o “se arrienda cuarto con dueño” hasta “necesito una babysiter[1]”. El formato es el mismo: descripción corta y desprendibles con el teléfono al que debes llamar. La ortografía es pésima, al igual que la redacción.
No falta el espacio para el delito: a plena luz del día y mientras caminas, alguien se te acerca y casi te susurra “social, social”, refiriéndose al codiciado número de Seguro Social que se exige para casi todo tipo de trabajos, y que los inmigrantes indocumentados compran por 80 o 300 dólares, dependiendo de cómo lo quieras: ‘inventado’ vale 80 y uno ‘bueno’ hasta 300[2]. En la noche el susurro cambia: “chicas, chicas”, con él la prostitución, las drogas y el alcohol se toman las esquinas.
¿La policía? Si, ahí está. Igual que en Guayaquil: Mira, mira, y mira en silencio. Lo que hasta el momento no hay es el “raponazo”, ni los gamines, ni mendigos con o sin niños pidiendo limosna. ¿Y el lenguaje? Español, por supuesto. El de allá, con acento paisa. El de aquí, babilónico: todas las mezclas e influencias posibles.
Colombia tiene una fuerte presencia en la Roosevelt: en cada cuadra hay dos o tres negocios colombianos, en su mayoría restaurantes y panaderías. Pero no faltan las oficinas, agencias de envío y de cambio, bares, y un nombre que es eco de la violencia de las mafias colombianas que en los 80 y 90 hicieron de la Roosevelt su territorio de lucha: el pasaje Manuel de Dios Unanue[3].
Del ruido ni hablemos: la línea 7 del metro de Nueva York es aérea en esta parte, y el nivel de ruido es comparable al de las motos, los vendedores, los carros y los gritos de Carabobo. Sólo que aquí los accidentes son muy escasos, el peatón tiene un mayor derecho a la vía. De no ser así tendríamos hasta 20 muertos por día en la Roosevelt, porque los peatones no respetamos “pinta”. Esas líneas aéreas del tren, además del ruido y el hollín, traen la quebrada voluntad de paz de las palomas, dueñas los espacios más insólitos y que escapan a todos los métodos disuasorios que aquí se inventan.
Muchas veces comí en el “palacio del colesterol” del viejo “Guayaco”. Nunca lo he hecho en el de la Roosevelt. Lo reconozco: he envejecido. Guayaco ha cambiado mucho. La Roosevelt también, tratando de ponerse a tono con los nuevos tiempos.
Me gusta caminar por la Roosevelt y sentir su vida. Me despierta los recuerdos y me acerca a mis raíces.
[1] Babysitter significa niñera. Los avisos tanto en inglés como en español incluyen errores ortográficos.
[2] El bueno es un número que existe en la base de datos del Seguro Social y ellos se lo han robado física o ‘virtualmente’. Hace parte del robo de identidad, uno de los delitos que más se comete aquí. Muchas personas anotan su fecha de nacimiento y otros datos personales en las redes sociales, y de ahí, a saber todo, solo hay unos cuantos clics.
[3] Pasaje entre la calle 83, entre Baxter y la Roosevelt, nombrado en honor al periodista Manuel de Dios Unanue, asesinado por orden del Cartel de Cali en 1992, por sus escritos en contra del tráfico de drogas.








[...] Tobón walks around and Roosevelt Avenue [sp] in New York City, pointing out all the details that make her believe for a moment that she is back [...]
Gracias por el comentario. Sí, eso es lo que siento cada vez que camino por la Roosvelt, sin importar que clima este haciendo. Aún después de una nevada, y aunque en Medellín no hay nieve, siento que estoy allá. Nuestro país vive atado a los recuerdos, especialmente a los de la infancia. Gracias por el link Juliana.
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Thank you for your comment. Yes, it is. It is a familiar place for anyone in Latin America. It was a surprise for me when friends from Mexico and Ecuador told me they feel the same: the taste of their native cities.
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