Para mi amiga Angela María Patiño, que me enseñó a querer a Silvio. Y muchas cosas más…
Cuando seleccionaba mi equipaje para mi nueva vida en Nueva York, Angela me regaló todas las canciones que hasta ese momento se conocían de Silvio, señalándome sus favoritas. Silvio me gustaba, pero nunca al punto de tener todas sus canciones, ni siquiera de saberme algunas. Angela sí, y solía decirme que por nada del mundo me perdiera un concierto de él. Así que cuando se anunció que después de 30 años de ausencia se presentaría en Nueva York, ni corta ni perezosa decidí ir. Lo hice por él, por Cuba, por mí y especialmente por Angela, con quien asocio su música.
Las emociones corrieron por todos lados. Mientras estaba parada en la esquina del teatro con mi cartel llamando a votar por Mockus, de la nada y de manera súbita me ví rodeada por un grupo de personas y numerosos policías. A pesar de aquí se respeta mucho la libertad de expresión, por un momento me cruzó la idea de que me iban a meter a la cárcel por mi cartel. Pero no: era un grupo de simpatizantes de Cuba, repartiendo propaganda y gritando: Cuba si! Embargo no! Fidel, amigo, el pueblo está contigo! En la misma acera y al lado de ellos, había otro grupo gritando lo contrario: Libertad para Cuba! Vivan las Damas de Blanco! Abajo Castro! Los primeros me dijeron que los segundos eran “la gusanera” de Miami, apelativo con el cual se señala a los apositores al regimen castrista. La policía llegó para evitar agresiones entre ambos grupos.
Aunque no estoy de acuerdo ni con el embargo ni con los presos políticos de Cuba, o Estados Unidos o Colombia, salí del círculo de simpatizantes y me ubiqué exactamente en la mitad de ambos grupos, mientras esperaba a Rodri para ingresar por primera vez en mi vida a ese templo de la música que es el Carnegie Hall.
El teatro es muy hermoso, con una acústica maravillosa, pequeño y recogido, con balcones altos que permiten buena vista desde cualquier ubicación. Lleno total, consignas en favor de Cuba, y ovaciones interminables para Silvio, que se paseó por su repertorio de nuevas y antiguas canciones como pez en el agua, acompañado por una joven flautista que algunos dijeron era su esposa, y por su reducido y excelente grupo de dos guitarristas, su baterista y su bajo.
Así empezó:
">Me encanta ir a conciertos y lo hago con alguna frecuencia. Gratis y pagando. De clásicos y de desconocidos. Pero nada se compara con los conciertos latinos, donde nos saltamos las normas de buen comportamiento y nos ponemos de pie en medio de una pieza, aplaudimos y coreamos algunas de las canciones. Se siente uno vivo, atado como nunca a sus raíces. Si, no hay como un concierto latino. Ahí nuestra alegría se muestra tal como es. Nuestras emociones se desbordan. No siempre la buena educación es lo mejor. Muchas veces es bastante aburrida. Imposible contener la pasión que despertaba ese momento tan especial.
Me olvidé de Colombia, de Mockus, de mi pancarta, de todo. Viví para escuchar y cantar. Solo recordé a Angela, hubiera deseado que estuviera aquí. Tambien recordé a Violeta, porque sin cumplir cinco años, conoce y ama la música de Tchaikovsky, con cuyo concierto se inauguró el Carnegie Hall el 5 de mayo de 1891. Ella sueña con bailar ballet, y reconoce el Lago de los Cisnes.
Silvió se veía rejuvenecido y feliz. Cantó sin descanso durante dos horas. Complació al público con algunas canciones y agradeció expresamente la asistencia. Hablo muy poco. Solo para saludar y dedicar una de sus canciones a un miembro de los “cinco de Cuba”, de cumpleaños el día del concierto. Explicó que en Cuba estos cinco eran llamados “héroes”. Aquí son solo prisioneros. Prisioneros políticos para algunos.
Salimos de prisa, en medio de una ovación que estoy segura terminó con otra canción. Rodri no quería que a la salida todos vieran mi cartel mockusiano y yo no estaba dispuesta a desecharlo. La campaña aún no termina.







