Sobre mi

Sobreviví a la primera mitad de mi vida en el país más violento del mundo a pesar de haber sido de izquierda, de que en múltiples ocasiones me abrogué el derecho de ser la voz de los sin voz, de que participé activamente en política, en marchas y en protestas, de que trabajé 27 años con diferentes agencias del gobierno. En todas, de una u otra manera fui una líder. En una fundé y dirigí un Fondo de Empleados y un Sindicato en una época en la que la ley prohibía a los funcionarios públicos sindicalizarse y hacer huelgas. Tuvimos ambas cosas.

En los momentos más difíciles de mi patria empecé a sumar los amigos muertos. Fueron tantos que perdí la cuenta. Pero yo sobreviví a pesar de que pretendí gobernar a mi pueblo y con una acción popular detuve la contaminación del Río Medellín y la quebrada Ovejas forzando a la municipalidad a disponer los desechos en un relleno sanitario. Sobreviví a la turba enfurecida de venteros que me amenazó cuando presioné a las autoridades locales para exigir la construcción de una plaza de mercado.

Sobreviví como abogada independiente, litigando en casi todas las ramas del derecho por más de 6 años. No perdí ningún pleito, aunque nunca supe cómo ni porqué gané algunos. Talvez porque desarrollé un olfato especial que me ayudó a buscar conciliaciones cuando todo estaba prácticamente perdido.

Sobreviví a las múltiples muertes de mi padre, la figura más importante de mi infancia y la que me ancló a tierra. Yo tenía 13 años y muchos sueños cuando una puñalada le atravesó el corazón. Creí morir. Lo llamé, lo lloré, lo soñé vivo y exiliado. Solo cuando asistí a la ceremonia de sacar sus restos lo declaré muerto, aunque seguía siendo mí ídolo. Pero los ídolos no son eternos y él empezó a derrumbarse cuando mi madre me enseñó los papeles que la acreditaban como propietaria del que él llamaba “su almacén”, de donde salía el sustento para sus 12 hijos, sus mujeres y sus parrandas, de la fuente de una fortuna que lo llevó a la muerte, y que mi abuela paterna y su familia nos arrebataron dejándonos como pobres vergonzantes por largo tiempo.

Continuó cuesta abajo cuando, muchos años después, sus amigos me contaron lo mal esposo que fue. Lo peor vino más tarde, cuando comprendí el daño que me hizo al ponerme en contra de mi madre y mis hermanas, al abusar de mi niñez poniéndome en la mitad de un conflicto marital que yo no tenía porque entender, convenciéndome de la necesidad de declarar loca a mi madre para quitarla del medio. Su muerte me liberó de ser la testigo estrella, y el psicoanálisis fue el golpe que al fin lo derribó de su pedestal. Fue su última muerte.

Sobreviví a un aborto ilegal y a dos hijos que son ahora mi orgullo. Creí fallecer en esa lucha por hacerlos personas de bien, por lograr que entendieran lo que era incomprensible a su edad. Algo tiene ser madre y es esa valentía para ahogar las propias lágrimas y sonreír, y enseñar que la vida es bella y vale la pena gozársela aunque por dentro nos estemos muriendo.

También sobreviví a la ardua lucha por superarme, y conseguí mi titulo universitario mientras los criaba, pensando siempre en ese sueño colombiano de que todo mejorará más adelante, de que el futuro existe a pesar de la discriminación, de la falta de recursos, de la negación de oportunidades. Nada me detuvo, aunque a veces sentía que se me iba la vida en el intento. Pero precisamente por ellos recogía los pedazos, los unía de nuevo y miraba hacia delante, hacia el horizonte de los soñadores.

Sobreviví a amores locos e imposibles, y a dos maridos. El primero, amenazante, violento, e irresponsable. El segundo, mucho peor y con el agravante del alcoholismo. Traté de no intervenir en sus decisiones de cambiarme por otra, aunque confieso que a una de ellas la agarre de las mechas en un concierto. Lo que me avergüenza es haberlo echo por un “chulo” de segunda, que no otro apelativo describe mejor a mi segundo ex.

No creo haberme atravesado en el camino de nadie, con excepción de los delincuentes de cuello blanco contra quienes inicié investigaciones y formulé denuncias penales que jamás dieron fruto, salvo un alto ejecutivo de EMP condenado a 14 anos de cárcel, y dos o tres amenazas que detuve enfrentando la situación.

Nadie me sobornó pretendiendo que cambiara una decisión. No hubo ningún médico ni compañero de oficina que se sobrepasara conmigo, aunque hubiera deseado que algunos lo hicieran. Mis amigos pedían y escuchaban mi voz y muchas veces les presté mi hombro para secar sus lágrimas. Muy al final también aprendí a dejarlos secar las mías. Mi familia reconoció mi liderazgo, me ayudó y apoyó cuando más la necesitaba ¡Cómo los quiero, como les agradezco todo lo que me enseñaron!

Fui victima de dos atracos y milagrosamente me salvé de varios accidentes, algunos bastante estúpidos porque buscaba comprobar las leyes de la gravedad. Algo infantil si se tiene en cuenta que tenía más de 18 años y puse en grave riesgo mi vida. Pero aquí estoy. Nunca tuve miedo a la noche, ni a los desconocidos, ni a intentar nuevos caminos, ni a equivocarme, ni a salir sola, ni menos a compartir. Amo los riesgos y he sobrevivido a todos los que he tomado.

He sobrevivido a muchas despedidas porque cuando la gente se va se debe estar alegre para que los viajeros tengan buen viento y buena mar. Talvez lo más duro haya sido sobrevivir a las depresiones, ¡pero lo hice! Épocas sombrías tenemos todos, pero para mí fue especialmente duro superarlo porque soy una persona por esencia feliz, con gran facilidad de adaptación a todo tipo de circunstancias. Amo el invierno y el verano, la riqueza y la pobreza, la austeridad y el derroche. La soledad y la compañía. El campo y la ciudad. El verde de las montañas y verde-gris-azul del mar. Los grandes espectáculos con su derroche y su lujo y los circos pobres con la carpa rota y los chistes gastados de los payasos tristes.

Si, definitivamente sobreviví a mi primera mitad de vida. Hace casi tres años empecé la segunda. En un país que odié y ahora aprendo a amar. Con el aprendizaje de una cultura extraña, no solo de una nueva lengua. Con el reto de una nueva profesión. Con la esperanza de un mañana mejor para mi pueblo y mi gente.

Pero lo más importante, al lado del hombre que amo, del hombre correcto, del “right-man”. Talvez me equivoque. El desafío es muy grande. No dejé ni mi patria, ni mi cultura, ni mi familia porque ellos hacen parte de lo que soy y de lo que seré y aunque no lo sepan, están en mí. Solo dejé mi trabajo, mi estabilidad y mi rol de abuela querendona. Parece poco, pero es mucho. Era lo único que tenía y a todo renuncié por esta quimera.

Esta segunda mitad parece incierta. Ya empecé a sobrevivir de nuevo. Solo espero que el tiempo también me alcance para vivir. Vivir… ni yo misma comprendo lo que eso significa. Solo se que quiero vivir, vivir, vivir… ¿Lo lograré?