El Metro de Washington, transporte público por excelencia, batió récord de movilización de pasajeros con motivo de la posesión del Presidente Obama: 1’500.000 personas solo el martes 20 de enero. Inició operaciones a las 5 de la mañana y el flujo de gente continuó a un ritmo frenético durante el día. En las últimas estaciones antes de llegar al Mall, era imposible abordarlo: viejos, jóvenes, niños, blancos, afroamericanos, latinos, asiáticos, de la ciudad, de los 50 estados de la nación, de Puerto Rico, de los territorios, de otros países. Todos los ojos brillaban, nadie tenía problema en estrecharse para permitir el ingreso de otras personas y todos compartíamos experiencias y comentabamos acerca del evento.
Lo más notable para mí fue una mujer que me miraba con insistencia mientras yo hacía mi video. Me presenté, le dije de donde venía, e iniciamos una conversación corta que me dejó asombrada: Venía de Seatle, ciudad portuaria del estado de Washington, en el otro extremo del país. Con su caminador y su bastón, estaba acompañada por su hijo, su nieto y la esposa de su nieto. Era una luchadora por los derechos civiles, una de las primeras en aplicar la desagregación racial ordenada por la Corte Suprema en la famosa decisión conocida como “Brown versus Board of Education”, en 1954, tuvo a su cargo el primer grupo de estudiantes afroamericanos de Seattle, “una experiencia inspiradora para mí, fue hace mucho tiempo, ahora tengo 72 años, me dijeron que estaba muy vieja para venir a esto, pero estoy muy complacida de estar aquí”. Es la traducción de una entrevista que desaproveché porque estaba muy emocionada y me sentía honrada de estar al lado a una de esas miles de mujeres que hicieron posible el reconocimiento de los derechos civiles.
Su familia entendió mi nerviosismo. Quien me dice que esta bien, que ellos comprenden mi mal ingles, es su nieto.
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